Las leyendas y dibujos de autoría anónima, trazados con pintura al aerosol sobre el exterior de los edificios, constituyen un fenómeno que destaca negativamente a San Miguel de Tucumán en el concierto de las ciudades del interior argentino. En realidad, es el único aspecto en el cual podemos compararnos con Buenos Aires, donde esa modalidad vandálica reina en todo su esplendor. Prácticamente no existe un muro de nuestra capital que se libre de la intervención de ese anónimo transeúnte que quiere dejar su marca indeleble. Ninguna superficie queda al margen. En locales del Estado, casas de familia, templos, monumentos históricos, negocios, o donde sea, se superponen las pintadas. Las más de las veces, no se trata de leyendas descifrables, sino de garabatos caprichosos que acaso sepan interpretar los iniciados.

Pareciera que existe un grupo de personas (cada vez más nutrido, a juzgar por la expansión de su tarea) que consideran a esta particular decoración como la más deseable para la vía pública, y por esa razón aspiran resueltamente a imponerla en todas partes.

Es evidente que, para ellos, carece de importancia el enorme gasto que representó, para el propietario del inmueble, la pintura de la fachada, y el que habrá de devengar repintarla. Este último suena, al mismo tiempo, como inútil y conmovedoramente ingenuo, ya que días –si no horas- más tarde, la pared será sometida a una nueva intervención. Esto además de que hay superficies cuya textura no admite el repintado, y tampoco permite borrar lo que se grabó.

Como lo hemos dicho otras veces, el “graffiti”, como se ha dado en denominar estas inscripciones, constituye una práctica contemporánea cuyo estudio ha motivado sesudas investigaciones y reflexiones de los estudiosos de la conducta humana, juvenil sobre todo, en las urbes de fines del pasado milenio y de lo que va transcurriendo del actual. Son trabajos que abundan en interpretaciones sobre lo que yace detrás del desenfreno por embadurnar.

Pero, más allá de las indagaciones de campo y de bibliografía (sin duda muy interesantes) queda en pie el hecho concreto de que una capital pintarrajeada, ofrece a la vista un aspecto que la inmensa mayoría de los habitantes dista de juzgar aceptable. Que todas nuestras paredes exteriores exhiban semejante estado, no proporciona la imagen de una ciudad ordenada, donde se respeten los esfuerzos que Estado y particulares hacen para otorgarle esa pulcritud que parece deseable para todos: menos, por cierto, para los anónimos depredadores.

Parece difícil imaginar el modo adecuado para terminar con semejante práctica, o al menos para hacerla siquiera menos frecuente. No es creíble que tengan demasiado efecto las insistentes campañas municipales que exhortan al vecindario a cuidar de la ciudad. Acaso el único camino efectivo que podría vislumbrarse, a la larga, sea el de una campaña educativa sostenida, en las escuelas. Hablamos de inculcar en los tucumanos, desde la niñez, una noción sobre los beneficios que derivan de una capital pulcra y la obligación de defenderla a toda costa, con la palabra y con el ejemplo, del vandalismo. Tal vez así, con el tiempo, se pueda modificar la triste realidad que rige hoy.